La Experiencia de Inmigración – Confiar

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Confiar

Impacto en la Salud Mental y Espiritual en la experiencia de Inmigración

Por Carolina Acosta

Se fuerte y valiente. No tengas miedo, ni te desanimes!. Porque el SEÑOR tu Dios te acompañara dondequiera que vayas. Josué 1:9

La Experiencia de Inmigración - Miedos

Las palabras de Dios son muy apropiadas para recordar en una experiencia de inmigración, que impacta no solo la vida de una persona de diferentes maneras, sino también la vida de las generaciones futuras: hijos, nietos, bisnietos, etc.

Estados Unidos es considerado uno de los países que ha recibido más inmigrantes que cualquier otra sociedad. Hay muchas razones por las que la gente emigra. Las personas se mudan en busca de trabajo u oportunidades económicas, para reunirse con sus familias o para estudiar. Otros se mudan para escapar del conflicto, la persecución, el terrorismo o las violaciones de derechos humanos, factores ambientales como desastres naturales, etc.

En mi caso, la experiencia de inmigrar comenzó hace casi 25 años por motivos laborales. Nací en Venezuela, un país de América del Sur. Aunque, cuando lo pienso, nací con la inmigración en mis venas, porque mis abuelos maternos emigraron desde España y algunas islas del Caribe.

A los 28 años, mi esposo, mi prometido en ese momento, aceptó una oferta laboral para trabajar en Miami, Florida. Nos casamos y nos fuimos de luna de miel, llenos de sueños e ilusiones, a empezar una nueva vida. También recuerdo tener algunos sentimientos encontrados por la separación de mis padres, el resto de mis familiares y amigos, y la posibilidad de no poder ejercer mi profesión de psiquiatra. Aunque en teoría podemos decir que fue inmigración, Miami realmente se siente como una extensión de América Latina por el clima, el idioma español que predomina y la cantidad de inmigrantes que viven allí. Debido a la cercanía con Venezuela, familiares y amigos frecuentemente venían a visitarnos, o nosotros íbamos a Venezuela. Además, los familiares de mi esposo también se mudaron cerca, lo que rápidamente llenó el sentimiento de soledad y necesidad de familia que sentí en algún momento. Fueron 8 años de bendiciones, tras bendiciones.

Miami fue el lugar que Dios eligió para concocer verdaderamente quién es Él, Su amor y Sus promesas, cuando comenzamos a asistir a una Iglesia Luterana.

Otras de mis mayores bendiciones fue cuando nacieron mis dos hijos. También fue el lugar donde mi esposo sintió el llamado a ser pastor, razón por la cual nos mudamos a Wisconsin, para asistier al seminario.

Fue en Wisconsin, donde pude sentir y vivir plenamente la experiencia de inmigrar. Allí puedo decir que experimenté plenamente el CAMBIO en todas sus expresiones.

El “cambio” es una realidad que va de la mano con la experiencia de inmigrar. Generalmente hay un desafío cuando hay un cambio en solo una área de nuestra vida. Por ejemplo, podría ser un cambio de trabajo, escuela o vecindario. Pero cuando inmigramos experimentamos ese cambio, de un dia para otro, en la mayoría de las áreas de nuestra vida. Experimentamos cambios en la cultura, el idioma, el clima, las tradiciones, la comida, los estilos de adoración en la Iglesia , el trabajo, la profesión, entre otros.

Fuimos a Wisconsin con la emoción de esta nueva vida y un proyecto de vida significativo, que sentía como si Dios mismo estuviera llamando a mi esposo. Pero las emociones que surgieron de esos cambios comenzaron a afectarnos desde el primer día de nuestra llegada. Recuerdo, por ejemplo, el sentimiento de tristeza cuando nos mudamos a Germantown, Wisconsin.

My DaughterMi hija de casi 4 años, que era muy sociable y le encantaba conversar, llegó a la casa llorando porque no entendía nada de lo que le hablaban unas niñas del vecindario. Estaba tan frustrada que nos pidió que no le habláramos más en español porque quería aprender a hablar inglés. Esta fue una frustración que entendí perfectamente porque yo tampoco hablaba inglés, en ese entonces y no me podía comunicarme con los maestros de mi hija, los vecinos, mis hermanos cristianos en la iglesia,etc.

Tambien recuerdo el sentimiento de vergüenza y confusión cuando conocí a un miembro de la iglesia, y lo besé en la mejilla (como lo hacemos en Miami y América Latina) y él inmediatamente se sonrojó. Luego aprendí que dar la mano es la forma apropiada de saludar aquí en los Estados Unidos. También había incertidumbre y miedo. ¿Vamos a poder adaptarnos a vivir en el invierno, ya que nunca habíamos experimentado esas temperaturas climáticas tan extremas?. ¡Este miedo se intensificó con los comentarios de la gente cuando me preguntaban qué estaba pensando al mudarme de Florida a Wisconsin! Casi me miraron como si fuera el mayor error que podía cometer. Todo por como es el invierno en Wisconsin. No quiero aburrirlos contando otras experiencias. Sólo quiero expresar que hubo tantas veces con emociones tan fuertes que incluso sentí en ocasiones que tenía muchas ganas de regresarme a Miami.

Extrañaba mucho Miami, mi Iglesia, mi padre espiritual, mis sobrinos, mis amigos, mi profesión, la playa donde íbamos todos los fines de semana, los restaurantes venezolanos y colombianos, mi gimnasio, mi oficina, entre otros. Esto nos lleva a otra palabra muy importante relacionada con esta experiencia de inmigración. Es la palabra DUELO. A cada uno de nosotros nos tocó vivir nuestro duelo con todas sus etapas y emociones envueltas.

Recuerdo que mi hija, cuando se frustraba por el idioma u otras cosas en la escuela, decía a sus maestras: “Me regreso a Miami”. Se sentaba en un banco en el pasillo de la escuela. Sus maestras fueron muy amables y pacientes. Le permitieron regresar a Miami (un banco en el pasillo) y luego volver a Milwaukee (su salón de clases) cuando estuviera lista.

Todos los miembros de nuestra familia sufrimos con la ansiedad de tantos cambios, incluidas las incertidumbres financieras. Tomó tiempo adaptarnos a esos cambios. Teníamos muchos sentimientos de soledad y de duelo por lo que quedó atrás. No recuerdo exactamente cuando esos sentimientos y emociones empezaron a calmarse. Fue un proceso.

 

I learned that

Al reflexionar ahora puedo comprender algunas de las cosas que aprendí y que me ayudaron en ese proceso:

  • Aprendí a fijar la mirada y centrarme en lo permanente, en lo que nunca cambia: Dios, su amor y sus promesas. … “porque el Señor mi Dios me acompañara a dondequiera que vaya”.
  • Aprendí la importancia del desapego y la importancia de intentar “estar contento sean cuales sean las circunstancias”… incluso en pleno invierno.
  • Aprendí que lo que le da valor a un lugar, a una casa, no es lo que vale, sino los recuerdos que tenemos en ellos. Entonces le pedí a Dios paciencia, esperar para construir esos recuerdos nuevamente, con nuevos amigos, nuevas personas que Dios pondrá en mi camino.
  • Aprendí a aceptar el cambio como parte de la vida, no resistirme al cambio. Aunque no fue fácil porque lo natural es aferrarse a lo conocido, quedarse en la zona de confort. Aprendí a abrirme a nuevas experiencias, con nuevas personas de diferentes países, diferentes culturas, nuevas comidas: comida mexicana, comida alemana, nuevas celebraciones (4 de julio, Acción de Gracias), nuevo clima, la oportunidad de aprender un nuevo idioma: inglés. , spanglish (idioma oficial de Miami) y varias versiones de español (mexicano, puertorriqueño).
  • Aprendí que Dios abrirá puertas y oportunidades para servir, incluso en otro pais. Estas oportunidades podrían estar en nuestra misma profesión. Pero tambien podrían venir en una nueva profesión como le pasó a mi esposo que estudió ingeniería en Venezuela y Dios lo llamó a ser Pastor aquí en Estados Unidos.
  • Aprendí a confiar en el plan de Dios, más que en el mío. Aprendí a confiar en que estos cambios son diseñados por el Creador de mi vida. Cuando decidimos mudarnos a Miami, nunca pensé en el maravilloso plan que Dios tenía para mí: conocerlo en profundidad y saber quién es Él, su amor y sus promesas. Quizás eso no lo hubiera logrado si me hubiera quedado en Venezuela, porque allí mi atención se centraba más en mi profesión de psiquiatra.
  • Aprendí a entregarle el control de mi vida a Dios, a confiar en su sabiduría para mudarme de aquí para allá como le dijo a Abraham, Moisés, José. Mirando hacia atrás, puedo ver cómo mi experiencia de inmigración y mi crecimiento espiritual están entrelazados. Dios me conoce muy bien. El usó esas experiencias de inmigración para podar las ramas que estaban afectando mi crecimiento espiritual.


Alguien me preguntó una vez si regresaría a Venezuela, si siento que Venezuela es mi hogar. Hace muchos años que no visito Venezuela, pero las últimas veces que fui ya no me sentí parte de allí…. Mi familia tiene sus propios recuerdos de experiencias que vivieron juntos donde yo no estaba. Los amigos cambiaron, yo cambié; sólo quedan recuerdos. La cosa es que yo tampoco me siento completamente parte de aquí. Por eso ahora sólo me aferro a mi real ciudadanía. Nosotros los creyentes somos extranjeros en esta tierra.

Mi ciudadanía está en el Cielo.

La Biblia nos describe a los creyentes como “extranjeros y peregrinos en la tierra… anhelando una patria mejor, es decir la celestial. Por lo tanto Dios no se avergonzo de ser llamado su Dios, y les preparo una ciudad”. (Hebreos 11:13,16)

Sé que hay un lugar al que definitivamente puedo llamar mi casa desde ahora y eternamente: el cielo es mi casa, el cielo es mi ciudadanía. Mientras tanto disfruto el paseo de aquí para allá, con sus altibajos, la variedad en mi cocina: con arepas, tacos, salchichas, brisket, las oportunidades de conocer gente y de compatir La Palabra incluso en diferentes idiomas. Pero siempre recuerdo orar para que Dios me ayude a : ser fuerte y valiente. A no tener miedo, ni desanimarme!. Porque el SEÑOR mi Dios me acompañara dondequiera que vaya: Venezuela, Miami, Milwaukee, u otro lugar (o país) que Él tenga en mente para mi futuro, hasta que me llame a casa.

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